
Y a la hora de la verdad nada de lo planeado sirve, es imposible notar como el temblor sube desde nuestras piernas hasta nuestra voz, y miramos al suelo en vez de al cielo, escrutamos cada piedrecita negra que forma el asfalto, y para nosotros pasan horas en cuestión de segundos, pero no de la manera en la que nos gustaría. Y entonces termina, respiras esperando a notar el dolor y sin embargo esa sensación no aparece, quizás un poco de nostalgia, y tal vez rabia por la impotencia. Pero a medida que pasan los segundos, te olvidas y te das cuenta que no hacia falta esos mil ensayos enfrente del espejo y que tal vez lo que te hace grande y superior es tenerle delante.
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