13.9.11

La primera parte de una de esas tantas historias que me gusta contar.



Aquel día no tenía ganas de salir. Solo quería estar en mi cama para dos. Con la diferencia de que me tumbaría en el centro y solo sería para mi. Mi habitación decorada con elementos de surf, estaba patas arriba. Mi madre ya había perdido toda esperanza de que la ordenara. Había cedido durante un tiempo, el tiempo en que yo tardara en estar bien. Después volvería a la carga y yo, supongo, que sería el mismo.
Esa noche,  me había fumado un par de cigarros y las latas de cerveza se amontonaban en el suelo junto a las colillas. Estaba apunto de cerrar los ojos para quedarme dormido,  cuando alguien entro en mi habitación y se dedicó a soltarme reprimendas sobre el olor y el desorden. Lucas, mi mejor amigo. Allí estaba. Dijo un par de frases estilo: "tio venga, vamonos" " hoy toca fiesta".  Y al cabo de una hora me encontraba en un autobus directo al centro. Las chicas me miraban y me sonreían intentando conseguir alguna respuesta por mi parte "se pueden quedar esperando" pensé. 
 Lucas me llevó a aquel garito que tanto le gustaba por el famoso chupito "explosivo". Una mezcla fuerte, que con solo uno ya entrabas en un estado de embriaguez en la que solo quieres bailar, gritar, hacer el gilipollas y pillar cacho. Pero yo, aquella noche, quería hacer de todo menos lo que estuviera relacionado con tias. Esa noche las detestaba a todas, a sus estúpidas sonrisas coquetas, a los ojitos y los morritos, al contoneo cerca  tuya para conseguir un beso y un largo etc "de mil formas de conseguir que un tio se fije en mi"  ... Que manera mas imbécil de sentirse querida, que recurso mas gilipollas para estar segura de que gustas a los tios.
 Fuimos a entrar a una discoteca. Mientras Lucas y los demás hacian cola, yo me senté en una moto y saqué un cigarrillo doblado  de mi chaqueta. Empecé a fumar aquella droga que tanto me gustaba y que sería de las pocas cosas  de las que estaba seguro que jamás me abandonaria. Escuché a alguien llorar. Miré a mi alrededor, y enfrente había una chica sentada en un portal, se encontraba sola y miraba el suelo queriendo que le tragara en cuestión de segundos. Mi borrachera hizo que la examinara de arriba a abajo. Tez palida. Pelo castaño que le caía por los hombros. figura normal, ni gorda ni flaca... Mientras la observaba miticulosamente, ella levantó la cabeza y me miró. Sus ojos coca-cola estaban empañados de lágrimas y el lapiz de ojos y el rimel habían echo un complot para manchar el contorno de su mirada. Labios finos, que crearon una sonrisa cuando me vieron curoseando con la mirada su ropa. Me miró a los ojos y yo me perdí en la cafeina de su mirada. Se levantó y se quedó a dos pasos de mi y yo me quedé paralizado. Me puse en pie de golpe y tiré el cigarro. Di los dos pasos que nos separaban, la agarré por los hombros y la abracé. No sabía muy bien lo que hacía, ni si era lo correcto. Por unos momentos temí que se separara, pero para mi sorpresa me rodeo con sus brazos y agarró fuertemente la chaqueta por la espalda. Lloró y lloró,  mientras escuchabamos las mofas de mis amigos. Pero a los dos nos dio igual, yo la abrazaba con mas fuerza a cada segundo y ella a mi también. En ese momento, yo fui suyo y ella fue mia.

Han pasado los meses, y a día de hoy pienso que ese ha sido el mejor momento que he podido vivir. Dos desconocidos que se consuelan mutuamente. Aunque tan solo fuera por unos minutos, aunque no hablaramos. Solo con un abrazo, un intenso abrazo, fuimos felices en nuestro mar de problemas separados. Y ahora, sinceramente, no quiero conocerla, y dudo que ella quiera hacerlo, porque romperiamos la magia de aquel momento que solo nos perteneció a nosotros.
                                                                                  J.

No hay comentarios:

Publicar un comentario