Recuerdo cuantas veces lo hice con él, cuantas veces le dije que me encantaba ensuciarme los dedos porque era lo peor que me podía pasar en aquellos largos días de verano que pasaba su lado. Pensaba que algo malo tenía que tener mis días, porque todo lo demás eran exceso de sonrisas y besos, tenía que crear un equilibrio y mi manera de equilibrar las cosas era acariciar la sucia alambrada.
Dejé de hacerlo durante un tiempo. No me gratificaba esa estúpida actuación, porque nada me iba bien y ensuciarme las manos no mejoraba nada, solo me haría estar un par de minutos lavandome las manos con un buen estropajo.

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